Complacer a todos o complacer a Dios

Cuenta una vieja historia que un día, mientras un señor venia de su finca en la que había trabajado todo el día, al entrar a un pueblo se encontró con unos hombres. Estos, al ver que venía montado en su pequeño mulo, mientras su hijo de unos 11 años caminaba a su lado, lo criticaron. –Mirad tal abuso; un hombre con toda su fuerza montado sobre el mulo en vez de subir al muchacho que apenas crece. Suba usted al muchacho.— El señor al escucharlos pensó que tenían razón, y desmontándose del mulo subió a su pequeño hijo y él camino a su lado. Más adelante en el mismo pueblo, unas mujeres que gastaban tiempo conversando en un pequeño parque lo vieron y dijeron: –¿cómo puede ser que ese muchacho tan joven y lleno de vida vaya montado sobre el mulo mientras que el pobre señor que hasta agotado se ve camine a su lado? Baje al muchacho del mulo y suba usted, dijeron. Una vez más el hombre prefirió escuchar a las mujeres y se subió con su hijo sobre el mulo. Un kilometro más adelante, mientras proseguían su camino con ligereza se acercaron a un hombre que ayudaba a su esposa a cargar leña el cual refunfuñó: –Eso es lo que se llama un abuso notable, los dos sobre ese pobre mulito. Cuando el mulo muera habrán contribuido muy bien con su muerte. Cuando el hombre escuchó esas palabras, dijo a su hijo: –bueno hijo, solo nos falta cargar al mulito y eso no lo vamos a hacer.

Aunque es una vieja historia, la moraleja es simple, y sin confusión. No podemos complacer a todo el mundo. La mayoría de las personas hace lo posible por quedar bien con los que les rodean. En un mundo de tanta variedad de ideas y formas de pensar, complacerlos a todos no es más que una utopía.
Está comprobado que el posible éxito que se encuentra en lograr la aceptación por todos siempre termina con el rechazo de todos.
En una ocasión Aarón, hermano de Moisés, se encontraba directamente al frente del pueblo de Israel. Moisés, que era el líder principal, se había alejado del pueblo pues tenía una cita con Dios en el monte Sinaí, y al parecer esta perduraría por más de un mes. Aarón, su hermano y vocero, ahora tendría que hacerse cargo de más de un millón de personas. Este poseía un carácter endeble y a la vez complaciente. Si había algo que Aarón temía era a ser rechazado, y su carácter se puso a prueba cuando tuvo que responder ante las suplicas inquietantes del pueblo que exigía un becerro de oro. A pesar de conocer las leyes de Dios, Aarón valoró más la posibilidad de ser apreciado por su pueblo que por el mismo Dios. El becerro fue construido, Aarón quedó bien ante el pueblo. Pero, a pesar de haber complacido al pueblo, ¿con qué ojos miraría hacia arriba?
Lograr estar bien con todos puede que no sea más que una manifestación practica de la debilidad del carácter. Aunque parece ser una gran hazaña, puede ser el primer paso a la desaprobación divina. No es que renunciemos a lograr aceptación de parte de los que nos rodean, pero hay que tomar en cuenta, que recibir la aprobación de Dios es más valioso que lo más preciado bajo el sol.
La presión recibida en los grupos sociales a veces tiende a poner a prueba nuestra estima propia, y si esta no es lo suficientemente fuerte podríamos ganar al mundo pero perder a Dios.
Recuerda que las críticas existirán siempre, la opinión pública siempre tendrá su lugar, pero nunca dejes de hacer lo correcto por miedo a sufrir el rechazo o la disconformidad por los que están cerca de ti.
Si tienes compromisos, responsabilidades, tareas que resolver, y personas que por su lugar te exigen que hacer, no dudes en optar por lo correcto. Si no sabes cómo, recuerda las palabras de Pablo en Filipenses 4:8 al decir que todo lo que es verdadero, lo honorable, lo justo, lo puro, lo amable, lo que es de buen nombre, si hay virtud en lo que harás y si es algo digno de alabanza, adelante.

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